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Diario de un extraterrestre

miércoles, 18 de marzo del 2009 a las 17:13

Diario de un extraterrestre

 

Fui enviado a este planeta el 12 de agosto de 1983 para cumplir una misión especial que se conocería con el nombre de Dulce Material. Aunque de dulce no tubo nada, más bien sería como azúcar amarga, si bien al final simplemente me dejó un sabor indoloro.

 

Mi gestión consistía en infiltrarme entre humanos haciéndome pasar por uno de ellos. Mensualmente tenía que hacer un reporte de todas y cada una de las observaciones realizadas acerca de tan distinguida especie; la única hasta el momento se ha encontrado que al igual que nosotros y a diferencia de los otros poseen un poco de consciencia. Aún así, ignoro cuales fueron las razones por las que mis superiores me enviaron a este inhóspito e insólito lugar.

 

Hoy 18 de marzo de 2009 estoy tratando de escribir lo que será el último de mis informes. El cual deberá ser un resumen de los últimos 25 años de mi vida e incluir las más recientes conclusiones y últimos diagnósticos de mi paso por este planeta.

 

Confieso que por más que lo intenté nunca pude ser uno de ellos, debe ser porque soy extranjero, se me señaló de extraño pero nada más. No obstante, logré pasar desapercibido, quizás, demasiado. Por lo que afortunadamente nunca se colocó en riesgo la misión, gracias a que jamás nadie imaginó procedencia de una dimensión muy lejana, tan cerca pero tan lejos.

 

Mi primera observación fue que los niños sufren de un tipo de esclavitud en manos de sus propios padres quienes no los respetan ni los dejan ser. Una de las razones principales por la que esto ocurre es porque se necesita condicionar la mente a temprana edad, de lo contrario, si se le dejara para más tarde sería muy difícil de concebir, incluso imposible.

 

Así que antes de los siete años proceden a ponerles un nombre acompañado de un número y con él un registro de nacimiento. Rápidamente hay que enseñarles la religión de los padres, la cual todos juran es la verdadera, incluso los mormones..., con ella un método para rezar y hasta como caminar.    

 

Nada es dejado al azar en este planeta, los varones deben vestirse de azul y las niñas de rosado. Desde muy pequeño los separan y con mucho morbo les enseñan sus diferencias. Los hombres tienen derecho a reír más fuertes y las mujeres a llorar, pues a los hombres se les condiciona para ser desinhibidos y a las mujeres para sufrir.

 

Nadie acepta a nadie, mucho menos se aceptan así mismos, así que las depilaciones, tintes de cabello y cirugías plásticas están a la orden del día. Casi ninguna mujer trae el pelo del color de su infancia, la que lo tiene amarillo lo llevará castaño y la que lo tiene rojo lo pintará de negro, asimismo la que lo tiene liso lo traerá rizado.

 

Estas cosas son aceptadas en nombre de la coquetería femenina, aunque últimamente los del sexo opuesto están empezando a hacer lo mismo desconozco a nombre de quien, puede que sea a razón de la publicidad y el capitalismo, quienes para enriquecer los bolsillos de unos cuantos nada necesitados, nos venden complejos y nos enseñan a comprar porquerías que nadie necesita pero que nos vuelven adictos al consumismo. Un consumismo dicho sea de paso está acabando con el hasta ahora único planeta que conocen.

 

El pasado parece apoderarse del presente y predomina sobre éste. Las razones que tuvieron alguna vez ya no son las mismas pero nadie parece darse cuenta, quizás porque aquí todos parecen muertos que caminan o bellos durmientes.  

 

A todo le ponen nombre, a todo le colocan un rótulo, y todo lo clasifican. Luego comienza el performance y nadie tiene ni la más puta idea de quien es quien, pero todos creen saberlo.

 

Tienen mentes astutas que descartan todo lo que no les conviene, pero el cazador termina siendo lo cazado. Matan en nombre de fronteras imaginarias y de religiones infantiles inventadas por el hombre. Todos quieren imponerse pero nadie puede hacerlo. Creen ser algo separado de todo lo demás, y no saben cómo ni porqué están aquí. Se comparan entre ellos y siempre piensan que la grama del vecino se ve más verde.

 

En nombre de buenas intenciones se han cometido muchos crímenes. No tienen idea de lo que es el amor pero todos hablan de él, algunos incluso se atreven a escribirlo a pesar de no haberlo conocido nunca, y no saben ni respirar.

Se inventaron una falsa moral que nadie sigue pero por la que todos ocultan su verdadero ser para no recordar su procacidad ante los demás, ya que parece no son suficientes para ellos mismos, razón por la que deben pedir perdón cada día de su miserable existencia.

 

Son hipócritas, falsos y mentirosos, se mienten así mismos cayendo en la peor de las mentiras; en la que hace que te pierdas a ti mismo sin saber quien eres.

 

Quieren llenar sus vidas vacías con sexo sin amor, drogas y alcohol, o con chismes, crítica y mucha, pero mucha, televisión, incluso se creen miembros del club "patatas de sofás", o en el mejor de los casos con conocimiento prestado. Prefieren ser espectadores que guionistas de sus propias vidas, prefieren ser extras o actores de reparto que estrellas en el firmamento.

 

Siempre tienen prisa aunque no saben para donde van, necesitan mantenerse ocupados, el miedo lo disfrazan con violencia, todos creen que saben, pero nadie sabe nada.

 

Te dejan hablar sólo para poder hacerlo después, a pesar del Internet cada vez se sienten más lejos, les encanta hablar por teléfono aunque no puedan ver con quién lo están haciendo.

Les gusta la pornografía aunque la vida esté llena de posibles y potenciales parejas sexuales.

 

El sexo es lo más sagrado porque de él proviene toda la vida, pero lo han convertido en lo más bajo y hasta es pecado.

 

Están llenos de represión y con cada día que pasa su rabia se va volviendo más peligrosa, por eso se les conoce como los hostiles, se matan entre ellos y hasta practican antropofagia.   

 

Si alguien quiere encender una luz, los hostiles la apagarán. Sí alguien quiere ser un salvador, ellos lo crucificarán. Incluso afirman que si Nietzsche se equivocó y Dios no ha muerto entonces tendrán que matarlo, todo para salvar una dignidad que nadie conoce.

 

Lamentablemente todavía no puedo marcharme de este lugar, es que mi comportamiento hostil para con los humanos denota que me he vuelto una especie de misántropo. No creo estar enfermo, no creo haber contraído ningún virus, es sólo que he pasado demasiado tiempo entre ellos. 

 

Sé que un día regresaré al mundo de donde nunca debí salir. Sé que nadie me extrañará porque no pude ser parte de la masa. Sé que si les dices la verdad no querrán volver a verte. Sé que si les digo que soy un extraterrestre nadie me creerá, y está bien así, para que no quede huella de mi paso por este planeta.

 Sé que un día no miraré atrás. Sé que un día me iré para no volver. Sé que algún día seré un Arihanta, un  bod­hisattva; aquel que ha encon­trado la verdad y no le preocupan los demás, aquel que ha llegado a casa y ha vuelto las espaldas al mundo.

Luis Monroy

 

  

Mañana

lunes, 02 de febrero del 2009 a las 14:18

Mañana

Hoy es 31 de diciembre de 2008, Cristian no puede evitar recordar que hace más de una semana pregunta a su hijo su deseo para navidad y éste respondió -quiero morirme papá, ya no aguanto tanto dolor, ya no soporto causarles más y más sufrimiento-.

Bryan el hijo de Cristian tiene casi 16 años y la mitad de ellos se la ha pasado enfermo. Todos aún le dicen nenote, supongo porque es un niño grande que nunca creció, incluso ni siquiera se ha desarrollado y a pesar de su gesto triste sigue conservando la inocencia de la infancia.

Para Cristian lo peor de todo este tormento ha sido no saber qué tiene su hijo. Bryan desde que recuerda no se siente bien, le duele todo el cuerpo, siempre tiene algún malestar, fiebre, dolor de cabeza, náuseas, vómito, mareo. Nunca tiene hambre y comer se ha convertido en un verdadero martirio, pero hace su mejor esfuerzo porque se siente culpable de no saber lo que tiene. Todos están cansados de visitar a un médico y otro más siempre igual, siempre un diagnóstico experimental que nunca da resultado. Un examen más, otra radiografía, pero lo importante es no perder la esperanza, porque mañana otro día será.

Courtney, madre y esposa abnegada ha hecho todo lo posible para estar a la altura de las circunstancias, pero a veces siente que no puede más. Hoy se siente diferente, hoy se siente erótica, sensual, hace mucho que no sentía esa sensación de que las ganas le ganaran. Observa a Cristian pensativo tirado en la cama y no puede evitar desearlo, sabe que lo que quiere está entre ese par de piernas. Se desnuda, lentamente se introduce entre las sábanas y con voz muy suave susurra -estoy sin pantaletas-, Cristian coge algo de dinero y sin mucho entusiasmo tira unos cuantos billetes sobre la cama -toma, cómprate algunas-.

Courtney se levanta sin decir ni una sola palabra, entra en el baño, gira la llave de agua caliente hasta todo lo que da y la deja caer sobre su piel mientras se entierra las uñas y grita de desesperación.

Cristian escucha los gritos y alaridos que se escapan desde el baño, llueve sobre mojado, el usual sentimiento de culpa que siempre lo acompaña parece engrandecerse. Culpa por haber usado drogas durante su juventud, culpa por haber fumado delante de su joven esposa embarazada, culpa por llegar a desear la muerte de su propio hijo, la misma culpa que siente cada vez que mira los ojos llenos de reproche de su pequeña Kylie, que parecen gritarle -papá, yo también soy tu hija-. Y como culpable se sintió el día que su hijo tristemente le comentó -papito, no me imagino la vida sin mí.

El timbre suena y con él un tok, tok, tok detrás de la puerta, es Christopher viene a invitarlos a que pasen el año nuevo junto con él y su familia. Christopher era el mejor amigo de Cristian, se conocen desde niños, se aman como verdaderos hermanos. Pero Cristian deja sonar la puerta hasta que Christopher se cansa de tocar y se retira. La envidia lo consume cada vez que está con Christopher y su familia perfecta llena de hermosos hijos todos muy saludables, de esos que se portan bien y tienen buenas calificaciones. Bryan en cambio, hace tiempo que dejó el colegio pues la fuerzas no le dan para semejante trivialidad.

Llega la noche, todos están arreglados, sentados en la sala sin decir una sola palabra, todos menos nenote. Cristian sube la escalera que lo llevará a la habitación de su amado hijo, toca la puerta quizás tres veces y procede a abrirla lentamente mientras escucha una tenue voz que da permiso a filtrarse, sus ojos se iluminan cuando ve a su hijo de pie mientras se viste y se acicala para la ocasión.

Bryan sonriente exclama a su papá ¡me siento bien papito!, ¡me siento mejor que nunca! Cristian lo abraza muy fuerte, tan fuerte que los cuerpos comienzan a estorbar. Acto seguido se retira a su habitación y comienza a llorar con gritos muy silenciosos, esa noche Cristian no dormirá, quiere ser testigo del último aliento de su hijo, quiere ser lo último que toque su hijo antes de marcharse, no quiere que se vaya en soledad, porque algo le dice que mañana su hijo no amanecerá.

 Luis Monroy

El fantasma y la loca

jueves, 01 de enero del 2009

EL FANTASMA Y LA LOCA

Él fue sentenciado a muerte por decir que el hombre no había sido creado a imagen y semejanza de Dios sino que por el contrario Dios  había sido creado a través de las proyecciones del hombre. Por afirmar que el capitalismo se basaba en la explotación del hombre por el hombre, y que el comunismo había nacido de la envidia del bien ajeno. Por sentenciar que la política y la religión iban de la mano utilizando el miedo para esclavizar al hombre, y que ninguna persona inteligente debería pertenecer a una religión organizada. Por emitir que ir en contra del placer es ir en contra de Dios porque no hay más Dios que la vida misma. Por insinuar que los judíos se marcaban como ganado mutilando cuerpos de niños indefensos. Por pronunciar que con el machismo todos salimos perdiendo, que el hombre odia a la mujer porque despierta su lujuria y que la mujer sólo quiere venganza por tantos años de vejación. Por decretar que la libertad es el mayor de los valores, y que los ideales son un pretexto para no vivir en el ahora.

Ella estaba viva sólo si respirar cuenta como estar vivo, aunque no quería morir tampoco estaba ansiosa de vivir. Estaba decepcionada de arreglarse perfectamente para  hombres  que sólo se interesan por el cuerpo y no por el amor, sabía peregrinamente que un vacío no puede llenar a otro vacío, que el matrimonio había sido inventado para mantener infelices a los seres humanos, y que los hijos no son el secreto de la felicidad.

Él fue condenado a muerte por gritar que las fronteras son imaginarias, que la religiosidad es una sola, que la pobreza no tiene nada de espiritual, que el sexo no es pecado, que la masturbación es natural, que la personalidad es falsa y mentirosa, que todo rótulo es dañino, que la familia es perjudicial para el individuo, que los niños sufren del mayor tipo de esclavitud en manos de sus propios padres, que no estamos aquí para cumplir las expectativas de los demás, que las personas parecen marionetas en manos de unos pocos, que el hombre es mujer y la mujer es hombre, y que la mayoría de los seres humanos viven en el letargo de un sueño profundo. Ellos no pudieron tolerar escucharlo y por eso lo asesinaron.

Ella estaba viva pero parecía un muerto que camina. Ella sentía que la vida se había convertido en un círculo sin sentido, en dónde te levantas, comes, te cepillas los dientes, trabajas, descansas, hacen un sexo que más bien parece una masturbación, ríes por educación, lloras por frustración, te enojas contigo mismo pero crees que la culpa la tienen los demás, te sientes solo aunque estés acompañado, todo el mundo cree que ama sin tener idea de lo que es el amor, pintas la casa para navidad, y te vuelves a acostar porque mañana otro día será. Ella pensaba que el infierno era ella misma, los otros y todo lo demás.

Él no se resignaba a no estar vivo. Ella quería saltar pero no sabía como.

Era una noche fría de diciembre, oscura y con mucha llovizna, seguramente de luna llena. Él estaba cansado de vagar por la eternidad esperando nada cuando se sintió un poco travieso. Sin saber por qué sus pasos lo llevaron al que había sido su antiguo hogar, una vieja mansión estilo colonial de esas en las que el patio queda en medio y no al final, cuando súbitamente advirtió a través de un ventanal el par de ojos más lindos pero también más tristes que en la vida nunca vio. Entonces siguiendo sus instintos y aun pensando que le pegaría el susto de su vida, en tono algo tremendo pero con una voz muy varonil le preguntó -¿qué puedo hacer para quitarle la tristeza a esos ojos tan encantadores?-, pero fue él quien terminó asustado cuando ella pícaramente respondió -hazme reír.

A la sazón del momento ella  pregunta su nombre y él tímidamente responde -solían llamarme Cole, pero no somos el nombre, tampoco el cuerpo, no somos los sentimientos ni las emociones siempre cambiantes, somos algo más allá, somos consciencia. ¿Y a ti como te llaman? Fue ahí cuando ella comprendió que aunque nunca había creído en cuentos de hadas, aquello que por pocos pero intensos momentos le había hecho sentir era su príncipe azul, estaba muerto, demasiado tarde para ella pues ya había caído en esa cosa llamada amor y sólo quedó responder -a mí me dicen Carito-.

A partir de ese momento Carolina conoció el amor por primera vez, supo que era algo que sólo te lleva para arriba nunca hacia abajo, algo que te hacía sentir tan colmada de felicidad que necesitas compartirla con todos los demás para que no se derrame en tierra seca, pero en caso de que así suceda ese amor hará del desierto en donde caiga mucho más que un jardín, mucho más que un oasis. Carolina entendió al fin que el verdadero amor es la razón de la vida y que su fuerza es capaz de iluminarte en un solo instante.

Y en la clandestinidad de la noche los amantes se entregaron su amor con desmedida pasión, ella tocaba su propio cuerpo mientras Cole le susurraba palabras que comenzaban siendo románticas y que a veces en el fervor del momento terminaban siendo obscenas, y lo que a lo lejos parecía masturbación era en realidad para Carolina la primera vez que sentía que algo o alguien le hacia el amor.

Ella no podía dejar de mirar sus intensos ojos azul oscuro, su pelo grueso casi negro, su barba a medio afeitar, su cuerpo flaco pero esbelto que arrogantemente presumía de toda su virilidad, mientras se entregaba a Cole perdiéndose a sí misma. Él  a su vez clavaba su mirada en sus ojos azules de un tono único entre eléctrico y cielo, sus cabellos largos y dorados que le hacían recordar al sol, y en su hermoso cuerpo de mujer en el que cada una de las partes olían y sabían a una fruta diferente que variaba entre patilla, melón, manzana, pera, uva y durazno, culminando con una ligera esencia de vainilla y no de bacalao como el de otras mujeres en un sexo casi lampiño que contrastaba con el cuerpo medio velludo de Cole.

Lo que comenzaba con un ligero frío que erizaban los escasos vellos rubios que ella tenía en sus delgados brazos, terminaba con un calor intenso que ascendía a temperaturas casi insoportables para cualquier ser humano, y  en la cima de la cúspide se oían gemidos que salían de su sudor y se confundían con la intensidad de la noche en un instante de eternidad.

Los enamorados pasaban las horas sin percatarse del tiempo; hablando, riendo, bailando, narrando historias, contando chistes, intercambiando tontas filosofías porque estas no pueden ser diferentes e inventado juegos. Juegos que con frecuencia comenzaban siendo muy inocentes y terminaban siempre atiborrados de un profundo erotismo. Erotismo del que sólo había sido capaz Carolina desde que la ropa no le hacía falta excepto por frío o calor, desde que no se ponía una máscara al despertar y otra para desayunar, desde que se liberó de todo condicionamiento, desde que no creía que Mahavira o Krishna no hubieran sudado nunca, que Jesús no supiera reír, que Lao Tse hubiera nacido con ochenta años, que Gautama Buda se comiera un pedazo de cerdo descompuesto sólo por no ser descortés, o que Moisés no estaba drogado cuando se fumó que sólo unos cuantos eran el pueblo elegido de Dios, porque sea mentira o sea verdad para Carolina la vida no era cuestión de creer sino de saber, y para ella la verdad es algo que se experimenta en primera persona y cada uno a su propia manera.

Carolina ya no sabía lo que era el temor de Dios ni el miedo en general, ya no creía en palabras muertas de un pasado muy lejano que nada tienen que ver con el presente, ya no necesitaba ir a la iglesia porque para ella todo el mundo era un lugar sagrado, ya no veía a Dios como a un señor machista y celoso sino como a una madre llena de amor, para ella la religiosidad se trataba de amar sin esperar nada a cambio, y disfrutaba de la compañía y la algarabía tanto como podía hacerlo del silencio y la soledad.

Él le enseño a meditar y ella a aceptar, y  juntos aprendieron que la vida es una fiesta, que el mundo es todo lo que tiene que ser, que la valoración es una enfermedad de la mente, que todo significado es una invención humana, que todo rótulo es perjudicial, que lo importante es el camino y no el destino, que no hay prisa porque no hay a donde llegar, que la coherencia brilla por su ausencia entre los auténticos seres humanos, que los celos son una neurosis que nacen de la inseguridad de que nada te pertenece,  y que el amor si se posee se destruye.

Ella además aprendió que cuando hay sueño hay que dormir y cuando hay hambre hay que comer, que ningún motivo es válido para reprimirse y que los sueños hay que soltarlos. Carolina dio un salto cuántico hacia una nueva humanidad, se volvió una persona diferente en todos los sentidos, irradiaba felicidad, iluminaba con su presencia, algunos se sentían felices por estar cerca de un fenómeno de tal naturaleza, otros se sentían mal porque su felicidad les hacía sentirse inferiores y se preguntaban para sus adentros ¿quién es esta mujer que nos recuerda nuestras miserias?

Don Russell el padre de Carolina, un poco escéptico y envidioso ante tan favorable cambio, pregunta a su hija en tono sarcástico la razón de tanta dicha y felicidad,  y sintió que se le venía el mundo encima al escuchar en voz de su propia hija confesar que estaba enamorada de un fantasma y que éste le había pedido matrimonio, y lo que era aún peor, ella lo había aceptado; ambos sabían que el matrimonio era una locura, que no era en absoluto necesario, pero el amor nunca entiende de razones. Además agregó que su amor por él la había despertado de un sueño profundo que más bien parecía una pesadilla de nunca acabar que se repetía día tras día, en la que los personajes cambiaban pero siempre eran los mismos. Finalmente le dijo que el nombre de su amado era Cole y que había vivido en esa casa muchos años antes.

Don Russell decidió que aquella locura divina era un desprestigio para tan honrada familia por lo que la enfermedad de Carolina debía mantenerse en secreto. Razón por lo que resolvió enterrar en vida a su única hija en el sótano de la mansión, y por aquello de que las brujas no existen pero de que vuelan, vuelan, don Russell decidió buscar a un sacerdote católico para que liberara su residencia de tan maligna presencia, más inútiles fueron sus esfuerzos, pues Cole no era católico y con Carolina continuó haciendo de las suyas.

El amor había libertado a Carolina, ella había encontrado la felicidad que siempre llevó oculta en su interior, ahora era una mujer feliz, ya el infierno no era el otro, ni ella misma, ni todo lo demás, ahora ella sabía que no había muros, puertas, ni paredes que pudieran aprisionar a su  espíritu libre, y que llegaría el día en que se fundiría con lo amado en la eternidad de la existencia que no conoce ni principio ni final.

Don Russell por su parte investigó y averiguó que en efecto un tal Cole había sido el primer propietario de la que ahora era su morada, y que éste había muerto en circunstancias muy extrañas y misteriosas, pero de ninguna manera sirvió para mitigar la duda de si su hija estaba completamente loca o si infaliblemente se había enamorado de un fantasma.

De Carolina nunca se volvió a saber,  se dice que su cuerpo desapareció y que dejó de estar en el sótano rancio de la antigua casa para estar ahora en todas partes; en el sol, en la luna, en el cielo, en la tierra, en el aire, en el río y también en el mar.

En las noches recónditas si prestas atención se puede escuchar la voz de Cole y Carolina cantándole a la vida, a la existencia, a la creación, a la eternidad y al todo, canciones de celebración en lo que podría llamarse una psicofonía de amor.

Los muertos nos ven, a veces nos oyen, ellos están ahí junto a ti, a tu lado sin saber por qué, algunos son buenos, otros son malos, algunos nos odian, otros nos aman. 

Luis Monroy 

 "El infierno está reservado para aquellos que creen en él. Y el cielo está también preservado para aquellos que creen en él." Antiguo dicho sufí.      

"A menos que vuelvas a nacer otra vez, no podrás entrar en el reino de Dios" Jesús. 

"Sed como dos pilares que sostienen el mismo tejado, pero no os poseáis el uno al otro, dejad, dejad al otro independiente.  Sostened el mismo tejado; ese tejado es el amor". Khalil Gibran.

No somos iguales, nadie es igual a nadie, es un error creer que somos iguales, somos materia y espíritu pero ahí terminan las coincidencias, por eso no se puede imponer la igualdad, pero debemos tener oportunidades iguales para que cada uno de nosotros sea sencillamente él mismo, porque cada persona es única. Las cosas no van bien y sin embargo no las cambiamos. Es tiempo de un cambio, es tiempo de una NUEVA ERA. Luis Monroy.

 *El Fantasma y la Loca fue Inspirado por la canción Psicofonía de la polémica y controversial cantautora mexicana Gloria Trevi.

 Puedes contactarme en naciofigura@hotmail.com

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NUEVA ERA

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