Diario de un extraterrestre
Fui enviado a este planeta el 12 de agosto de 1983 para cumplir una misión especial que se conocería con el nombre de Dulce Material. Aunque de dulce no tubo nada, más bien sería como azúcar amarga, si bien al final simplemente me dejó un sabor indoloro.
Mi gestión consistía en infiltrarme entre humanos haciéndome pasar por uno de ellos. Mensualmente tenía que hacer un reporte de todas y cada una de las observaciones realizadas acerca de tan distinguida especie; la única hasta el momento se ha encontrado que al igual que nosotros y a diferencia de los otros poseen un poco de consciencia. Aún así, ignoro cuales fueron las razones por las que mis superiores me enviaron a este inhóspito e insólito lugar.
Hoy 18 de marzo de 2009 estoy tratando de escribir lo que será el último de mis informes. El cual deberá ser un resumen de los últimos 25 años de mi vida e incluir las más recientes conclusiones y últimos diagnósticos de mi paso por este planeta.
Confieso que por más que lo intenté nunca pude ser uno de ellos, debe ser porque soy extranjero, se me señaló de extraño pero nada más. No obstante, logré pasar desapercibido, quizás, demasiado. Por lo que afortunadamente nunca se colocó en riesgo la misión, gracias a que jamás nadie imaginó procedencia de una dimensión muy lejana, tan cerca pero tan lejos.
Mi primera observación fue que los niños sufren de un tipo de esclavitud en manos de sus propios padres quienes no los respetan ni los dejan ser. Una de las razones principales por la que esto ocurre es porque se necesita condicionar la mente a temprana edad, de lo contrario, si se le dejara para más tarde sería muy difícil de concebir, incluso imposible.
Así que antes de los siete años proceden a ponerles un nombre acompañado de un número y con él un registro de nacimiento. Rápidamente hay que enseñarles la religión de los padres, la cual todos juran es la verdadera, incluso los mormones..., con ella un método para rezar y hasta como caminar.
Nada es dejado al azar en este planeta, los varones deben vestirse de azul y las niñas de rosado. Desde muy pequeño los separan y con mucho morbo les enseñan sus diferencias. Los hombres tienen derecho a reír más fuertes y las mujeres a llorar, pues a los hombres se les condiciona para ser desinhibidos y a las mujeres para sufrir.
Nadie acepta a nadie, mucho menos se aceptan así mismos, así que las depilaciones, tintes de cabello y cirugías plásticas están a la orden del día. Casi ninguna mujer trae el pelo del color de su infancia, la que lo tiene amarillo lo llevará castaño y la que lo tiene rojo lo pintará de negro, asimismo la que lo tiene liso lo traerá rizado.
Estas cosas son aceptadas en nombre de la coquetería femenina, aunque últimamente los del sexo opuesto están empezando a hacer lo mismo desconozco a nombre de quien, puede que sea a razón de la publicidad y el capitalismo, quienes para enriquecer los bolsillos de unos cuantos nada necesitados, nos venden complejos y nos enseñan a comprar porquerías que nadie necesita pero que nos vuelven adictos al consumismo. Un consumismo dicho sea de paso está acabando con el hasta ahora único planeta que conocen.
El pasado parece apoderarse del presente y predomina sobre éste. Las razones que tuvieron alguna vez ya no son las mismas pero nadie parece darse cuenta, quizás porque aquí todos parecen muertos que caminan o bellos durmientes.
A todo le ponen nombre, a todo le colocan un rótulo, y todo lo clasifican. Luego comienza el performance y nadie tiene ni la más puta idea de quien es quien, pero todos creen saberlo.
Tienen mentes astutas que descartan todo lo que no les conviene, pero el cazador termina siendo lo cazado. Matan en nombre de fronteras imaginarias y de religiones infantiles inventadas por el hombre. Todos quieren imponerse pero nadie puede hacerlo. Creen ser algo separado de todo lo demás, y no saben cómo ni porqué están aquí. Se comparan entre ellos y siempre piensan que la grama del vecino se ve más verde.
En nombre de buenas intenciones se han cometido muchos crímenes. No tienen idea de lo que es el amor pero todos hablan de él, algunos incluso se atreven a escribirlo a pesar de no haberlo conocido nunca, y no saben ni respirar.
Se inventaron una falsa moral que nadie sigue pero por la que todos ocultan su verdadero ser para no recordar su procacidad ante los demás, ya que parece no son suficientes para ellos mismos, razón por la que deben pedir perdón cada día de su miserable existencia.
Son hipócritas, falsos y mentirosos, se mienten así mismos cayendo en la peor de las mentiras; en la que hace que te pierdas a ti mismo sin saber quien eres.
Quieren llenar sus vidas vacías con sexo sin amor, drogas y alcohol, o con chismes, crítica y mucha, pero mucha, televisión, incluso se creen miembros del club "patatas de sofás", o en el mejor de los casos con conocimiento prestado. Prefieren ser espectadores que guionistas de sus propias vidas, prefieren ser extras o actores de reparto que estrellas en el firmamento.
Siempre tienen prisa aunque no saben para donde van, necesitan mantenerse ocupados, el miedo lo disfrazan con violencia, todos creen que saben, pero nadie sabe nada.
Te dejan hablar sólo para poder hacerlo después, a pesar del Internet cada vez se sienten más lejos, les encanta hablar por teléfono aunque no puedan ver con quién lo están haciendo.
Les gusta la pornografía aunque la vida esté llena de posibles y potenciales parejas sexuales.
El sexo es lo más sagrado porque de él proviene toda la vida, pero lo han convertido en lo más bajo y hasta es pecado.
Están llenos de represión y con cada día que pasa su rabia se va volviendo más peligrosa, por eso se les conoce como los hostiles, se matan entre ellos y hasta practican antropofagia.
Si alguien quiere encender una luz, los hostiles la apagarán. Sí alguien quiere ser un salvador, ellos lo crucificarán. Incluso afirman que si Nietzsche se equivocó y Dios no ha muerto entonces tendrán que matarlo, todo para salvar una dignidad que nadie conoce.
Lamentablemente todavía no puedo marcharme de este lugar, es que mi comportamiento hostil para con los humanos denota que me he vuelto una especie de misántropo. No creo estar enfermo, no creo haber contraído ningún virus, es sólo que he pasado demasiado tiempo entre ellos.
Sé que un día regresaré al mundo de donde nunca debí salir. Sé que nadie me extrañará porque no pude ser parte de la masa. Sé que si les dices la verdad no querrán volver a verte. Sé que si les digo que soy un extraterrestre nadie me creerá, y está bien así, para que no quede huella de mi paso por este planeta.
Sé que un día no miraré atrás. Sé que un día me iré para no volver. Sé que algún día seré un Arihanta, un bodhisattva; aquel que ha encontrado la verdad y no le preocupan los demás, aquel que ha llegado a casa y ha vuelto las espaldas al mundo.
Luis Monroy
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